Sueños millonarios, fracasos colosales – el tortuoso camino hacia las estrellas

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“Explorar los rincones lejanos del universo” y “atreverse a llegar a donde nadie ha ido jamás” son frases que expresan nuestras esperanzas de viajar a otros mundos del Sistema Solar y más allá. Muchos aspiramos a ello, pero solo unos pocos se atreven a dar pasos concretos hacia la realización de sus sueños. Entre ellos se han encontrado algunos de los individuos más ricos de nuestro planeta, que han invertido millones de su propia fortuna en tales hazañas. Sin embargo, estas empresas son increíblemente arriesgadas, pues su éxito depende de miles de factores, y basta con que falle uno solo para que grandes ambiciones se conviertan para siempre en colosales fracasos.

En las últimas décadas hemos sido testigos de una multitud de iniciativas que captaron la atención mundial, ya fuera porque prometían gloria eterna a quienes se convertirían en los primeros terrícolas en otros mundos, o porque juraban desarrollar tecnologías futuristas capaces de transformar por completo nuestras vidas.

Muchas de las iniciativcas fracasaron porque estaban demasiado adelantadas a su tiempo; otras rozaban el fraude. Aquí describimos cuatro empresas que, pese a la inversión de decenas de millones de dólares, no dieron frutos y quedaron para siempre sepultadas en el cementerio de la historia.

Breakthrough Starshot: en 20 años hasta la estrella más cercana

El proyecto más reciente y probablemente más ambicioso, del que el público oyó hablar por primera vez en abril de 2016, es Breakthrough Starshot. Su impulsor fue el multimillonario ruso Yuri Milner, y el proyecto ganó notoriedad gracias a la colaboración del legendario astrofísico Stephen Hawking y del director ejecutivo de Meta, Mark Zuckerberg. ¿El objetivo de la misión? Lanzar una bandada de naves espaciales en un viaje de 20 años hacia las estrellas más cercanas, en el sistema Alfa Centauri.

El proyecto preveía una flota de 1.000 diminutas sondas llamadas StarChips, que serían aceleradas por potentes láseres hasta alcanzar el 20 % de la velocidad de la luz. Cada sonda pesaría apenas unos cuantos gramos y estaría equipada con una vela reflectora circular de 5 metros de diámetro hecha de un material ultraligero.

Imagen artística de un mini satélite StarChips. Fuente: Wikipedia.

Los satélites serían colocados primero en órbita terrestre y luego impactados por una red de láseres. Cada uno emitiría con una potencia de 10 kW, sumando en conjunto la asombrosa cifra de 100 GW. En solo 10 minutos, cada vela recibiría 1 teraJoule de energía, suficiente para impulsar las sondas a velocidades increíbles. La aceleración media alcanzaría los 100 km/s², unas 10.000 veces mayor que la aceleración gravitacional en la superficie terrestre.

Milner anunció una inversión inicial de 100 millones de dólares para desarrollar conceptos y prototipos, mientras que los costos totales de la misión se estimaban en varios miles de millones.

Sin embargo, desde el inicio el proyecto se enfrentaba a enormes retos, ya que la mayoría de las tecnologías necesarias aún no existe. Las sondas deberían soportar enormes fuerzas durante la aceleración, temperaturas extremas, vacío y colisiones con polvo cósmico y partículas interestelares. Además, la turbulencia atmosférica complicaría la precisión de los láseres, por lo que se sugirió instalarlos en el espacio. Si permanecían en la Tierra, sería necesario un sistema óptico de 3 km de diámetro para dirigir los rayos.

Cada StarChip incluiría cinco cámaras digitales de 2 megapíxeles que pesarían menos de un gramo cada una, cuatro procesadores de peso similar, cuatro aceleradores fotónicos, una diminuta batería nuclear de 150 mg alimentada por plutonio-238 o americio-241, y un recubrimiento de berilio y cobre para protegerla del polvo y la erosión cósmica.

La vela estaría hecha de un material basado en grafeno, ultradelgada y capaz de reflejar los rayos láser absorbiendo solo una mínima parte, pues de lo contrario sería destruida. También serviría como espejo principal para un comunicador láser que transmitiría datos a la Tierra, cuyo viaje desde Alfa Centauri tardaría más de cuatro años.

Breakthrough Starshot nunca logró superar estos obstáculos, en parte por falta de financiación suficiente. Casi diez años después de su anuncio, este proyecto sigue siendo poco más que un concepto en el tablero de diseño.

Mars One: un billete de solo ida a Marte

En 2013, miles de entusiastas respondieron a una convocatoria que prometía un viaje de 500 días a Marte. La oferta: convertirse en astronautas y entrar en la historia como los primeros humanos en dejar su huella en el planeta rojo.

La propuesta vino de la empresa holandesa Mars One, que planeaba enviar un módulo de aterrizaje robótico y un orbitador en 2020, seguidos por dos tripulaciones de cuatro personas en 2024 y 2026. Ninguna de ellas regresaría jamás a la Tierra. El proyecto fue valorado en unos 6.000 millones de dólares.

Ilustración artística de la nave espacial Phoenix de la NASA mientras aterriza en Marte. Fuente: Wikipedia/NASA.

Desde el inicio recibió duras críticas. Expertos en ciencia e ingeniería espacial señalaron graves problemas logísticos, falta de conceptos clave, carencia de hardware y riesgos para la salud. Muchos lo calificaron como una “misión suicida”.

Mars One afirmó que más de 200.000 personas se inscribieron en su convocatoria, pero solo 4.227 llegaron a pagar la cuota de inscripción (entre 5 y 75 USD, según el país) y enviar videos explicando por qué querían ir a Marte. Tras examinaciones médicas y breves entrevistas por Skype, se seleccionaría un grupo reducido para entrenamientos de aislamiento y finalmente 24 candidatos serían contratados como astronautas.

El gran problema era que Mars One no era una empresa tecnológica ni tenía equipo propio. Alegaban que SpaceX lanzaría la misión, Lockheed Martin construiría el módulo de aterrizaje y Surrey Satellite Technology fabricaría el orbitador.

El financiamiento vendría de inscripciones, donaciones, venta de derechos y, sobre todo, de un reality show global que nunca se produjo. Entre 2012 y su quiebra en 2019, Mars One recibió decenas de millones de dólares, pero sin avances reales. Con solo cuatro empleados y sin desarrollo tecnológico, el proyecto se hundió definitivamente en 2019.

Bigelow Aerospace: promesas infladas

Otro multimillonario estadounidense, Robert Bigelow, dueño de una cadena de hoteles, apostó en 2013 por módulos espaciales inflables que podrían usarse primero en la Estación Espacial Internacional (ISS) y después como hábitats turísticos en el espacio.

El concepto del módulo TransHab desarrollado por la NASA que fue la base para el desarrollo del módulo espacial BEAM. Fuente: Wikipedia/NASA.

Según su empresa, los módulos inflables serían más resistentes que los de paredes rígidas gracias a capas de Vectran, una fibra muy fuerte y duradera. Además, se esperaba que resistieran mejor impactos de micrometeoroides. En pruebas de laboratorio, las partículas que perforaban materiales estándar solo alcanzaban atravesar la mitad del grosor de las paredes de Bigelow.

Hasta 2013, Bigelow había invertido ya 250 millones de dólares de su fortuna. NASA mostró interés y firmó en 2012 un contrato de 17,8 millones para desarrollar el módulo BEAM (Bigelow Expandable Activity Module), instalado e inflado en la ISS en 2016.

La empresa ganó prestigio e incluso premios, no obstante, en 2020, con la pandemia de COVID-19, se vio obligada a despedir a todos sus empleados y hoy permanece prácticamente inactiva. El módulo BEAM quedó bajo control del Centro Espacial Johnson de la NASA.

Teledesic: demasiado adelantado a su tiempo

La última historia trata de un proyecto visionario que buscaba conectar el mundo entero. En 1994, Craig McCaw, junto a inversores como Bill Gates, fundó Teledesic Corporation presentó su plan – desplegar una constelación de satélites en órbita baja para proveer el servicio de internet global a velocidades comparables al de la fibra óptica.

Diseño de un satélite Teledesic. Fuente: Wikipedia/NASA.

La red iba a contar con 840 satélites a 700 km de altura, cada uno equipado con antenas para conexiones bidireccionales. Se preveían la velocidad de descarga de hasta 720 Mbit/s y de carga de 100 Mbit/s. El costo de la empresa fue estimado en 9.000 millones de dólares. En 1997, debido a los altos costos, la empresa redujo el plan a 288 satélites a 1.400 km.

Solo se construyó un satélite de prueba de concepto que fue lanzado el 26 de febrero de 1998 con un cohete Pegasus-XL desde la base Vandenberg. Este usaba la banda de radio Ka (28,6–29,1 GHz) y funcionó hasta el 9 de octubre de 2000.

El proyecto naufragó por los altos costos y la falta de inversores, asustados por la bancarrota de redes similares como Iridium y Globalstar. Finalmente, Teledesic canceló el programa el 1 de octubre de 2002.

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