Historia del espacio

La astronomía está enfrentando a una amenaza sin precedentes que podría significar su fin. No se trata ni de la contaminación lumínica ni de los profundos recortes en los presupuestos de las instituciones científicas. El último clavo en el ataúd de la reina de las ciencias naturales podrían ser las megalómanas constelaciones de satélites artificiales planeadas para el futuro cercano. Distintas corporaciones han presentado solicitudes para lanzar alrededor de un millón de estos artefactos. Sus superficies, especialmente los paneles solares, reflejan la luz del Sol, por lo que durante la noche pueden llegar a verse incluso a simple vista. Los satélites ya representan un problema para los telescopios terrestres, pues dejan brillantes rastros en sus imágenes. Además, emiten ondas de radio que interfieren con los radiotelescopios. Y no solo en la Tierra: las huellas de los satélites artificiales causarán cada vez más daños también a las misiones en órbita alrededor de nuestro planeta.
Megaconstelaciones satelitales
Hasta el 2019, la mayor constelación de satélites artificiales estaba formada por 75 naves. Se trataba del sistema Iridium, cuya flota orbitaba a alturas entre 630 y 780 kilómetros. Estos satélites, entre otras cosas, transmitían ondas de radio en el rango de 1621–1628 megahercios (MHz), por lo que fueron una de las primeras fuentes de contaminación electromagnética que interfería con los radiotelescopios terrestres.
A partir del 2020, el costo de lanzar un kilo de carga disminuyó considerablemente debido, entre otras, a que las corporaciones comenzaron a colocar la mayoría de sus satélites en órbitas bajas terrestres (Low Earth Orbit, LEO). Esto condujo a un crecimiento exponencial en el número de satélites operativos, que hoy ya supera los 17,000, de los cuales unos 10,000 pertenecen a la red Starlink. Las estimaciones actuales indican que el costo de los lanzamientos continuará disminuyendo en el futuro, principalmente gracias a la aparición de cohetes mucho más potentes, como el Space Launch System, New Glenn, Starship y Long March 9. Esto ha provocado un aumento de dos órdenes de magnitud en las solicitudes para desplegar satélites de telecomunicaciones. En caso de que estos planes lleguen a concretarse, a finales de la década de 2030 podríamos tener alrededor de medio millón de satélites artificiales en el cielo simultáneamente.
La razón por la que conocemos estos ambiciosos planes corporativos es que las empresas deben obtener autorización de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (International Telecommunication Union, ITU) para cada nuevo satélite. Esta organización, que forma parte de las Naciones Unidas, elabora y aprueba estándares de telecomunicaciones. Entre sus funciones se encuentra coordinar el uso de las frecuencias de radio entre los países. Cada cierto tiempo, los países miembros revisan estos estándares y proponen modificaciones. La implementación de las reglas depende de las instituciones de cada país.
Las corporaciones necesitan autorización para cada satélite debido a que estos utilizan ondas de radio para comunicarse con la Tierra. Las solicitudes ante la ITU son presentadas en realidad por los gobiernos nacionales en nombre de las corporaciones y otras organizaciones. En ellas se incluye una descripción detallada de las redes satelitales proyectadas, incluyendo el uso de bandas de frecuencia. De esta forma, los operadores evitan posibles interferencias mutuas.

Los satélites Starlink de la empresa SpaceX, capturados por el astronauta estadounidense Don Pettit a bordo de la Estación Espacial Internacional. Crédito: Don Pettit.
Así sabemos que entre 2017 y 2023 la ITU recibió 300 solicitudes para constelaciones con diez o más satélites. Entre ellas había 90 solicitudes para redes de al menos 1.000 satélites, 23 para constelaciones de más de 5.000 satélites y ocho para constelaciones que superarían los 10.000 satélites. El número total de naves propuestas superó el millón. El proyecto más ambicioso fue el estadounidense Cinnamon-937, que contemplaba el lanzamiento de 337,323 satélites, seguido por Semaphore de Francia (116,640), Starlink (43,206) y Astra (13,620) de Estados Unidos (13,620) y Guangwang de China (12,992).
En cuanto al número de solicitudes, lideran China (65) y Estados Unidos (45), aunque algunas de las solicitudes para las constelaciones más grandes provienen de países pequeños, como Ruanda, Alemania, España, Noruega, Francia y las Islas Salomón. Algunos autores estiman que la mayoría de estos satélites nunca llegará a ser lanzada. Esto podría deberse a varias razones: falta de financiamiento, pérdida de apoyo político y dificultades técnicas. En algunos casos, las solicitudes podrían ser simplemente una estrategia de marketing para atraer inversionistas potenciales o para revender derechos de uso del espectro electromagnético. En otros casos, las corporaciones podrían estar apropiándose del espectro para utilizarlo en un futuro más lejano.
Este modus operandi no es nuevo. En las décadas de 1980 y 1990, la empresa Tongasat, compañía pública de Tonga, presentaba solicitudes para satélites geoestacionarios y luego revendía los derechos obtenidos a corporaciones extranjeras.
Algunas compañías presentan múltiples solicitudes para una sola futura constelación. Por ejemplo, SpaceX presentó 22 solicitudes para la red Starlink Gen2. Maniobras similares dificultan el trabajo de la ITU, que intenta evitar que los satélites en órbita baja interfieran con satélites en órbitas geoestacionarias y también calcular la intensidad de las emisiones de radio producidas por las constelaciones. Al presentar varias solicitudes para una sola red, los operadores podrían incluso eludir las regulaciones sobre emisiones máximas permitidas para una única constelación.
También existen casos en los que distintos países presentaron solicitudes para una misma corporación. Así, Noruega, Alemania y Estados Unidos presentaron solicitudes para SpaceX, mientras que Reino Unido, Francia y México lo hicieron para OneWeb. Papúa Nueva Guinea presentó una solicitud para la empresa estadounidense Omnispace, mientras que las Islas Salomón lo hicieron para la australiana Fleet Space Technologies. La gigantesca propuesta Cinnamon-937 fue presentada por el gobierno de Ruanda en nombre de la empresa francesa E-Space, financiada por el empresario estadounidense Greg Wyler. La solicitud para Semaphore-C fue presentada por el gobierno francés, también para E-Space.
Se estima que incluso si el número de satélites en órbita baja terrestre (LEO) no llega al millón, una cantidad mucho menor de estas naves ya interferiría gravemente con varios aspectos de la sociedad.
Problemas para la astronomía

La imagen de la estrella binaria Albireo en la constelación de Cisne tomada en el 2019. Las líneas blancas verticales son trazas de los satélites Starlink que cruzaron el campo de visióón de la camara durante la exposición de 2.5 minutos. Créditos:: Rafael Schmall/NOIRLab/National Science Foundation.
Los satélites artificiales son más fáciles de observar justo después del atardecer o poco antes del amanecer. La mayoría apenas puede verse a simple vista, ya que su brillo aparente, o magnitud, suele ser mayor que 6. Sin embargo, existen excepciones. Los satélites Direct to Cell de SpaceX, con paneles solares de 125 metros cuadrados, pueden alcanzar magnitudes entre 0 y 1. Algo similar ocurre con BlueWalker 3. ¡Eso es comparable con las estrellas más brillantes del cielo nocturno!
Los telescopios pueden detectar los satélites mucho más débiles que el ojo humano. Ya en 2020, algunos científicos advertían sobre los posibles problemas que los satélites LEO podrían causar al observatorio Vera C. Rubin Observatory que entonces apenas se estaba construyendo. En el marco de un proyecto de diez años de duración, este observatorio fotografiará el cielo nocturno utilizando una cámara extremadamente sensible con un enorme campo de visión de 10 grados cuadrados. Precisamente ese amplio campo de perspectiva aumenta considerablemente la probabilidad de capturar alguno de los satélites.
Uno de los estudios, en el que los autores asumieron un número relativamente conservador de máximo 48,000 satélites operativos simultáneamente, mostró que sus trazas aparecerían en el 20 % de todas las imágenes tomadas por el telescopio Vera Rubin alrededor de la medianoche y entre el 40 % y el 90 % de las imágenes obtenidas durante las horas del amanecer y del anochecer.
Otro estudio, en el que los investigadores asumieron la existencia de 26,000 satélites operativos, reveló que el número de artefactos visibles simultáneamente desde cualquier punto de la Tierra podría alcanzar los 1100. De ellos, unos 260 tendrían magnitudes inferiores a 6, es decir, serían visibles a simple vista. Las trazas de esta enorme cantidad de satélites aparecerían en menos del 1 % de las imágenes obtenidas con telescopios científicos “convencionales” de campo de visión estrecho, sin embargo esa proporción alcanzaría el 30 % en telescopios como el Vera C. Rubin Observatory.

Trazas satelitales en las fotografías del Telescopio Espacial Hubble. Fuente: Kruk et al. (2023).
Las advertencias están llegando también desde otras partes del mundo. Astrónomos indonesios están preocupados por el impacto que los satélites artificiales podrían tener en la calidad de las imágenes del Timau Observatory. Además, subrayan que la inmensa cantidad de satélites perturbaría la visión del cielo nocturno para las comunidades indígenas locales, lo que representaría una seria intromisión en sus derechos culturales. En este contexto citan el artículo 13.1 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, que establece que estas comunidades tienen derecho a “revitalizar, utilizar, desarrollar y transmitir a las futuras generaciones sus historias, idiomas, tradiciones orales, filosofías, sistemas de escritura y literaturas”, así como a “mantener y conservar sus propios nombres para comunidades, lugares y personas”. Existe el temor de que las comunidades indígenas ubicadas en la cercanía del observatorio Timau vean restringida la transmisión de relatos relacionados con fenómenos celestes.
Debido a predicciones tan sombrías, dentro de la comunidad astronómica han surgido opiniones de que el futuro de la astronomía podría encontrarse en el espacio. Sin embargo, resultó que ni siquiera los observatorios espaciales están a salvo de la avalancha de satélites artificiales. El año pasado, la prestigiosa revista Nature publicó un estudio sobre el impacto que tendría una gigantesca población de medio millón de satélites en misiones actuales como el Hubble Space Telescope y SPHEREx, así como en futuras misiones como ARRAKIHS y Xuntian. Y los resultados dejan bastantes motivos para el pesimismo.
El Hubble Space Telescope orbita nuestro planeta a una altitud aproximada de 540 kilómetros, pero debido a las distintas direcciones de observación puede detectar satélites situados a alturas superiores a 350 kilómetros. Esto significa que el Hubble puede captar prácticamente todos los satélites LEO, tanto los actualmente operativos como los planeados. Los cálculos indican que, si llegara a existir una población de medio millón de satélites en órbita baja terrestre, sus trazas contaminarán hasta un tercio de todas las imágenes tomadas por Hubble. Por otro lado, el 96 % de las imágenes de las misiones SPHEREx, ARRAKIHS y Xuntian se verán afectadas, con entre 6 y 92 trazas visibles en cada una de ellas.
De mal en peor
Por otro lado, existe una amenaza adicional, consecuencia de otra “brillante” idea, concebida por la startup estadounidense Reflect Orbital. Esta empresa propone desplegar una red de más de 50,000 pequeños satélites para el año 2035, situados a una altitud de 300 kilómetros. Estos viajarían en órbitas especiales que los llevarían sobre los polos terrestres, siempre pasando sobre las mismas regiones de la Tierra a la misma hora. Cada lugar sería sobrevolado dos veces durante 24 horas.
Los satélites estarían equipados con espejos de aproximadamente 100 metros cuadrados fabricados con láminas de mylar, destinados a reflejar la luz solar hacia la superficie terrestre. De esta manera podrían proporcionar a sus clientes —por ejemplo, plantas solares— unos 30 minutos adicionales de luz al día.

Imagen artistica de un satélite de Reflect Orbital en órbita. Fuente: Reflex Orbital.
No hace falta ser un experto para comprender lo equivocada y peligrosa que resulta esta propuesta. Precisamente por ello, en abril de este año los presidentes de cuatro organizaciones científicas internacionales, que representan a 2.500 científicos de 30 países, publicaron una carta abierta dirigida a la Federal Communications Commission (FCC) de Estados Unidos, advirtiendo sobre las consecuencias del millón de satélites proyectados y del proyecto de Reflect Orbital.
Estos satélites podrían alterar gravemente el ritmo circadiano de los seres vivos, incluidos los humanos, cuyo organismo está sincronizado con el ciclo natural de día y noche. Las alteraciones del ritmo circadiano pueden provocar una disminución en la calidad del sueño. La luz artificial generada por los satélites de Reflect Orbital también podría afectar negativamente ciertos patrones de comportamiento animal, como las migraciones. Las plantas igualmente sufrirían consecuencias negativas.
Una mirada al futuro
Las solicitudes especulativas fueron precisamente la razón por la que en 1997 se adoptaron ciertas normas que obligan a los países a revelar los clientes detrás de las solicitudes y las fechas previstas de lanzamiento. Las reglas más recientes también establecen que los operadores deben desplegar un determinado porcentaje de sus satélites dentro de un período específico.
Un ejemplo es el Project Kuiper de Amazon, cuya solicitud fue presentada por Estados Unidos y cuya licencia exigía que al menos la mitad de los satélites estuvieran operativos antes de junio de 2026. Aun así, los planes para lanzar un millón de satélites muestran que estas regulaciones no han logrado disuadir a las corporaciones de presentar solicitudes especulativas.
Muy pronto, los estados miembros de la ITU volverán a debatir nuevas reglas. Solo queda esperar que consigan limitar las ambiciones de las corporaciones espaciales sobre las órbitas LEO para que estas terminen sirviendo a toda la humanidad.
Lecturas adicionales para los más curiosos
- Borlaff, A.S., Marcum, P.M. & Howell, S.B. Satellite megaconstellations will threaten space-based astronomy. Nature 648, 51–57 (2025). https://doi.org/10.1038/s41586-025-09759-5
- Nandakumar, S., Eggl, S., Tregloan-Reed, J. et al. The high optical brightness of the BlueWalker 3 satellite. Nature 623, 938–941 (2023). https://doi.org/10.1038/s41586-023-06672-7
- Hainaut, O. R. & Williams, A. P. Impact of satellite constellations on astronomical observations with ESO telescopes in the visible and infrared domains. Astron. Astrophys. 636, A121 (2020). https://doi.org/10.1051/0004-6361/202037501
- Tyson, J. A. et al. Mitigation of LEO satellite brightness and trail effects on the Rubin Observatory LSST. Astron. J. 160, 226 (2020). https://iopscience.iop.org/article/10.3847/1538-3881/abba3e
- Antonia Rahayu Rosaria Wibowo & Dicky Wahyudy The threat of satellite constellations to developing countries such as Indonesia, Nature Astronomy, Volume 10, 335-337 (2026). https://doi.org/10.1038/s41550-026-02810-z
- Sandor Kruk, Pablo García-Martín, Marcel Popescu, Ben Aussel, Steven Dillmann, Megan E. Perks, Tamina Lund, Bruno Merín, Ross Thomson, Samet Karadag & Mark J. McCaughrean The impact of satellite trails on Hubble Space Telescope observations, Nature Astronomy, Volume 7, 262–268 (2023), https://doi.org/10.1038/s41550-023-01903-3
- Andrew Falle, Ewan Wright, Aaron Boley & Michael Byers, One million (paper) satellites, Science, Volume 382, Issue 6667 (2023). https://doi.org/10.1126/science.adi4639
- Mirrors in space could boost solar power production on Earth. Here’s how., space.com
- Satellite mirror plans could disrupt sleep and ecosystems worldwide, scientists say, The Guardian.
- Concerns about satellite deployments, Bio Clock UK.
- Reflect orbital.